Míster Taylor
-Menos rara, aunque sin duda más
ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de
cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en
donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944
aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas,
conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser
conocido allí como "el gringo pobre", y los niños de la escuela hasta lo
señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante
bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr.
Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de
William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no
deshonra.
En pocas semanas los naturales se acostumbraron a él y
a su ropa extravagante. Además, como tenía los ojos azules y un vago acento
extranjero, el Presidente y el Ministro de Relaciones Exteriores lo trataban con
singular respeto, temerosos de provocar incidentes internacionales.
Tan pobre y mísero estaba, que cierto día se internó en
la selva en busca de hierbas para alimentarse. Había caminado cosa de varios
metros sin atreverse a volver el rostro, cuando por pura casualidad vio a través
de la maleza dos ojos indígenas que lo observaban decididamente. Un largo
estremecimiento recorrió la sensitiva espalda de Mr. Taylor. Pero Mr. Taylor,
intrépido, arrostró el peligro y siguió su camino silbando como si nada hubiera
pasado.
De un salto (que no hay para qué llamar felino) el
nativo se le puso enfrente y exclamó:
-Buy head? Money, money.
A pesar de que el inglés no podía ser peor, Mr. Taylor,
algo indispuesto, sacó en claro que el indígena le ofrecía en venta una cabeza
de hombre, curiosamente reducida, que traía en la mano.
Es innecesario decir que Mr. Taylor no estaba en
capacidad de comprarla; pero como aparentó no comprender, el indio se sintió
terriblemente disminuido por no hablar bien el inglés, y se la regaló pidiéndole
disculpas.
Grande fue el regocijo con que Mr. Taylor regresó a su
choza. Esa noche, acostado boca arriba sobre la precaria estera de palma que le
servía de lecho, interrumpido tan solo por el zumbar de las moscas acaloradas
que revoloteaban en torno haciéndose obscenamente el amor, Mr. Taylor contempló
con deleite durante un buen rato su curiosa adquisición. El mayor goce estético
lo extraía de contar, uno por uno, los pelos de la barba y el bigote, y de ver
de frente el par de ojillos entre irónicos que parecían sonreírle agradecidos
por aquella deferencia.
Hombre de vasta cultura, Mr. Taylor solía entregarse a
la contemplación; pero esta vez en seguida se aburrió de sus reflexiones
filosóficas y dispuso obsequiar la cabeza a un tío suyo, Mr. Rolston, residente
en Nueva York, quien desde la más tierna infancia había revelado una fuerte
inclinación por las manifestaciones culturales de los pueblos hispanoamericanos.
Pocos días después el tío de Mr. Taylor le pidió
-previa indagación sobre el estado de su importante salud- que por favor lo
complaciera con cinco más. Mr. Taylor accedió gustoso al capricho de Mr. Rolston
y -no se sabe de qué modo- a vuelta de correo "tenía mucho agrado en satisfacer
sus deseos". Muy reconocido, Mr. Rolston le solicitó otras diez. Mr. Taylor se
sintió "halagadísimo de poder servirlo". Pero cuando pasado un mes aquél le
rogó
el envío de veinte, Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada
sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre
estaba haciendo negocio con ellas.
Bueno, si lo quieren saber, así era. Con toda
franqueza, Mr. Rolston se lo dio a entender en una inspirada carta cuyos
términos resueltamente comerciales hicieron vibrar como nunca las cuerdas del
sensible espíritu de Mr. Taylor.
De inmediato concertaron una sociedad en la que Mr.
Taylor se comprometía a obtener y remitir cabezas humanas reducidas en escala
industrial, en tanto que Mr. Rolston las vendería lo mejor que pudiera en su
país.
Los primeros días hubo algunas molestas dificultades
con ciertos tipos del lugar. Pero Mr. Taylor, que en Boston había logrado las
mejores notas con un ensayo sobre Joseph Henry Silliman, se reveló como político
y obtuvo de las autoridades no sólo el permiso necesario para exportar, sino,
además, una concesión exclusiva por noventa y nueve años. Escaso trabajo le
costó convencer al guerrero Ejecutivo y a los brujos Legislativos de que aquel
paso patriótico enriquecería en corto tiempo a la comunidad, y de que luego
luego estarían todos los sedientos aborígenes en posibilidad de beber (cada vez
que hicieran una pausa en la recolección de cabezas) de beber un refresco bien
frío, cuya fórmula mágica él mismo proporcionaría.
Cuando los miembros de la Cámara, después de un breve
pero luminoso esfuerzo intelectual, se dieron cuenta de tales ventajas,
sintieron hervir su amor a la patria y en tres días promulgaron un decreto
exigiendo al pueblo que acelerara la producción de cabezas reducidas.
Contados meses más tarde, en el país de Mr. Taylor las
cabezas alcanzaron aquella popularidad que todos recordamos. Al principio eran
privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y,
nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas hasta los
mismos maestros de escuela.
Un hogar sin su correspondiente cabeza teníase por un
hogar fracasado. Pronto vinieron los coleccionistas y, con ellos, las
contradicciones: poseer diecisiete cabezas llegó a ser considerado de mal gusto;
pero era distinguido tener once. Se vulgarizaron tanto que los verdaderos
elegantes fueron perdiendo interés y ya sólo por excepción adquirían alguna, si
presentaba cualquier particularidad que la salvara de lo vulgar. Una, muy rara,
con bigotes prusianos, que perteneciera en vida a un general bastante
condecorado, fue obsequiada al Instituto Danfeller, el que a su vez donó, como
de rayo, tres y medio millones de dólares para impulsar el desenvolvimiento de
aquella manifestación cultural, tan excitante, de los pueblos hispanoamericanos.
Mientras tanto, la tribu había progresado en tal forma
que ya contaba con una veredita alrededor del Palacio Legislativo. Por esa
alegre veredita paseaban los domingos y el Día de la Independencia los miembros
del Congreso, carraspeando, luciendo sus plumas, muy serios, riéndose, en las
bicicletas que les había obsequiado la Compañía.
Pero, ¿que quieren? No todos los tiempos son buenos.
Cuando menos lo esperaban se presentó la primera escasez de cabezas.
Entonces comenzó lo más alegre de la fiesta.
Las meras defunciones resultaron ya insuficientes. El
Ministro de Salud Pública se sintió sincero, y una noche caliginosa, con la luz
apagada, después de acariciarle un ratito el pecho como por no dejar, le confesó
a su mujer que se consideraba incapaz de elevar la mortalidad a un nivel grato a
los intereses de la Compañía, a lo que ella le contestó que no se preocupara,
que ya vería cómo todo iba a salir bien, y que mejor se durmieran.
Para compensar esa deficiencia administrativa fue
indispensable tomar medidas heroicas y se estableció la pena de muerte en forma
rigurosa.
Los juristas se consultaron unos a otros y elevaron a
la categoría de delito, penado con la horca o el fusilamiento, según su
gravedad, hasta la falta más nimia.
Incluso las simples equivocaciones pasaron a ser hechos
delictuosos. Ejemplo: si en una conversación banal, alguien, por puro descuido,
decía "Hace mucho calor", y posteriormente podía comprobársele, termómetro en
mano, que en realidad el calor no era para tanto, se le cobraba un pequeño
impuesto y era pasado ahí mismo por las armas, correspondiendo la cabeza a la
Compañía y, justo es decirlo, el tronco y las extremidades a los dolientes.
La legislación sobre las enfermedades ganó inmediata
resonancia y fue muy comentada por el Cuerpo Diplomático y por las Cancillerías
de potencias amigas.
De acuerdo con esa memorable legislación, a los
enfermos graves se les concedían veinticuatro horas para poner en orden sus
papeles y morirse; pero si en este tiempo tenían suerte y lograban contagiar a
la familia, obtenían tantos plazos de un mes como parientes fueran contaminados.
Las víctimas de enfermedades leves y los simplemente indispuestos merecían el
desprecio de la patria y, en la calle, cualquiera podía escupirle el rostro. Por
primera vez en la historia fue reconocida la importancia de los médicos (hubo
varios candidatos al premio Nóbel) que no curaban a nadie. Fallecer se convirtió
en ejemplo del más exaltado patriotismo, no sólo en el orden nacional, sino en
el más glorioso, en el continental.
Con el empuje que alcanzaron otras industrias
subsidiarias (la de ataúdes, en primer término, que floreció con la asistencia
técnica de la Compañía) el país entró, como se dice, en un periodo de gran auge
económico. Este impulso fue particularmente comprobable en una nueva veredita
florida, por la que paseaban, envueltas en la melancolía de las doradas tardes
de otoño, las señoras de los diputados, cuyas lindas cabecitas decían que sí,
que sí, que todo estaba bien, cuando algún periodista solícito, desde el otro
lado, las saludaba sonriente sacándose el sombrero.
Al margen recordaré que uno de estos periodistas, quien
en cierta ocasión emitió un lluvioso estornudo que no pudo justificar, fue
acusado de extremista y llevado al paredón de fusilamiento. Sólo después de su
abnegado fin los académicos de la lengua reconocieron que ese periodista era una
de las más grandes cabezas del país; pero una vez reducida quedó tan bien que ni
siquiera se notaba la diferencia.
¿Y Mr. Taylor? Para ese tiempo ya había sido designado
consejero particular del Presidente Constitucional. Ahora, y como ejemplo de lo
que puede el esfuerzo individual, contaba los miles por miles; mas esto no le
quitaba el sueño porque había leído en el último tomo de las Obras completas
de William G. Knight que ser millonario no deshonra si no se desprecia a los
pobres.
Creo que con ésta será la segunda vez que diga que no
todos los tiempos son buenos. Dada la prosperidad del negocio llegó un momento
en que del vecindario sólo iban quedando ya las autoridades y sus señoras y los
periodistas y sus señoras. Sin mucho esfuerzo, el cerebro de Mr. Taylor
discurrió que el único remedio posible era fomentar la guerra con las tribus
vecinas. ¿Por qué no? El progreso.
Con la ayuda de unos cañoncitos, la primera tribu fue
limpiamente descabezada en escasos tres meses. Mr. Taylor saboreó la gloria de
extender sus dominios. Luego vino la segunda; después la tercera y la cuarta y
la quinta. El progreso se extendió con tanta rapidez que llegó la hora en que,
por más esfuerzos que realizaron los técnicos, no fue posible encontrar tribus
vecinas a quienes hacer la guerra.
Fue el principio del fin.
Las vereditas empezaron a languidecer. Sólo de vez en
cuando se veía transitar por ellas a alguna señora, a algún poeta laureado con
su libro bajo el brazo. La maleza, de nuevo, se apoderó de las dos, haciendo
difícil y espinoso el delicado paso de las damas. Con las cabezas, escasearon
las bicicletas y casi desaparecieron del todo los alegres saludos optimistas.
El fabricante de ataúdes estaba más triste y fúnebre
que nunca. Y todos sentían como si acabaran de recordar de un grato sueño, de
ese sueño formidable en que tú te encuentras una bolsa repleta de monedas de oro
y la pones debajo de la almohada y sigues durmiendo y al día siguiente muy
temprano, al despertar, la buscas y te hallas con el vacío.
Sin embargo, penosamente, el negocio seguía
sosteniéndose. Pero ya se dormía con dificultad, por el temor a amanecer
exportado.
En la patria de Mr. Taylor, por supuesto, la demanda
era cada vez mayor. Diariamente aparecían nuevos inventos, pero en el fondo
nadie creía en ellos y todos exigían las cabecitas hispanoamericanas.
Fue para la última crisis. Mr. Rolston, desesperado,
pedía y pedía más cabezas. A pesar de que las acciones de la Compañía sufrieron
un brusco descenso, Mr. Rolston estaba convencido de que su sobrino haría algo
que lo sacara de aquella situación.
Los embarques, antes diarios, disminuyeron a uno por
mes, ya con cualquier cosa, con cabezas de niño, de señoras, de diputados.
De repente cesaron del todo.
Un viernes áspero y gris, de vuelta de la Bolsa,
aturdido aún por la gritería y por el lamentable espectáculo de pánico que daban
sus amigos, Mr. Rolston se decidió a saltar por la ventana (en vez de usar el
revólver, cuyo ruido lo hubiera llenado de terror) cuando al abrir un paquete
del correo se encontró con la cabecita de Mr. Taylor, que le sonreía desde
lejos, desde el fiero Amazonas, con una sonrisa falsa de niño que parecía decir:
"Perdón, perdón, no lo vuelvo a hacer."
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sexta-feira, 26 de setembro de 2014
segunda-feira, 22 de setembro de 2014
Cuento 3 - Axolotl - Julio Cortázar
Axolotl
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hacia ellos una mañana de primavera en que París abrió su cola de pavorreal después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port-Royal, tomé St. Marcel y L´Hôspital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y me fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos y salí, incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Sainte-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir a todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto, porque desde el primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares, y la mayoría apoyaba la cabeza sobre el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una, situada a la derecha y algo separada de las otras, para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que más me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y lo inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendidura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias, supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaces de evadirse de ese sopor mineral en que pasaban horas enteras. Sus ojos, sobre todo, me obsesionaban. Al lado de ellos, en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras; jamás se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome, desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojillos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientemente, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: "Sálvanos, sálvanos." Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome, inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos; había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir también máscara y también fantasmas. Detrás de esas caras aztecas, inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. "Usted se los come con los ojos", me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de lo que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de un axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana, al inclinarme sobre el acuario, el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible, que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de que esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña; seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera, mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía - lo supe en ese momento - de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una para vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo, porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo- y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
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Julio Cortázar
quarta-feira, 17 de setembro de 2014
conto 2 - Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
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